VIA RHONA

via rhona en bici de cicloturismo

Este viaje en bici ha sido diferente y especial. Durante seis días hemos recorrido la vía Rhona, en Francia (el Ródano lo llamamos en España). Diferente porque es el primero que hago sin mi hijo. El chaval no se ha borrado del cicloturismo, pero tenía otro plan, y no podía venir. Digo especial, porque me ha sorprendido la belleza del recorrido, los pueblos medievales que cruza, y la infraestructura de muchos tramos. De hecho yo creo que competiría sin arrugarse, con la del Loira. La vía Rhona nace en Suiza y cruza Francia en lo que viene a ser la Eurovelo 17. Una vez que llega al Mediterráneo, se puede continuar (comprobado) por otras rutas de largo recorrido. Nosotros enlazamos la eurovelo 8 en Séte.

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Mi compi en este viaje ha sido Key, un gran amigo muy diferente a mí pero con muchos intereses compartidos. Nos unió el kayak hace años. Ahora el cicloturismo y las cervezas heladas, sirven de pegamento a esta (entrañable y canalla) relación. Key nunca había hecho una ruta de tantos días en autonomía. Él lleva muchos partidos en regional, y quería debutar en la segunda división (la mía) del cicloturismo. Puede que algún día lleguemos juntos a la champions de la bicicleta, con eso soñamos. Al estrenar categoría, Key decidió ir con su Btwin 7 eléctrica, para compensar su estado de forma.

Este viaje no estaba muy estudiado, puesto que al llevar una guía, podíamos improvisar sobre la marcha. Las fechas eran las de la última semana de julio. Ya que queríamos evitar cruzar el monstruo que es la ciudad de Lyon, decidimos empezar un poco más al sur, en Vienne. Hicimos un cálculo de pedaleo para seis días y pensamos que un buen final era Séte. Como aparcar allí una semana era arriesgado, apostamos por dejar el coche en Beziers. El puerto fluvial de esta ciudad es un lugar tranquilo, pegado a la estación y con sombra. Para llegar hasta nuestro inicio, tomamos un TER de Beziers a Avignon y un segundo tren hasta Vienne. Nos costó 5 horas pero en los trenes TER puedes subir las bicis sin reserva ni desmontar, y eso mola mucho. De camino encontramos a una pareja canadiense y otra de Australia que también pedaleaban por la zona. A Key que le falta toda vergüenza que yo tengo, y chapurrea más idiomas que yo, y enseguida se puso a charlar. Ese contacto con muchos ciclistas que vimos duró todo el viaje, y moló porque al ser conversaciones sencillas las podía seguir.

Si te planteas hacer la vía Rhona vigila mucho la previsión del viento. Por nuestra experiencia y lo que nos contaron los nativos, el viento pega duro de todos lados si bien el predominante es del norte hacía el sur. Por eso nosotros hicimos el recorrido siguiendo el curso del agua, aunque encontramos gente en dirección contraria. Algo a tener en cuenta es que cuando llegas al Mediterraneo es todo muy turístico, con poca sombra y mosquitos con lo que los meses de verano es deseable evitarlos.

Como llegamos tarde a Vienne nos dedicamos a recorrer sus interesantes monumentos romanos. A la mañana siguiente estábamos a las 8 pedaleando. Se trataba de aprovechar a tope las horas del “fresquico” porque pronto nos dimos cuenta que pedalear por las tardes no era una opción por culpa del calor. Los primeros kilómetros fueron realmente emocionantes. Para dos kayakistas eso de recorrer un río como un espejo nos pone más tontorrones que Fernando Alonso en los coches de choque. Además el camino tenía un asfaltado y señalización exquisita. Otra cosa que molaba es que los caminos pasaban por bosque de rivera donde había sombra. El río Ródano está lleno de esclusas y centrales hidroeléctricas que lo amansan. También tiene islas enormes. Pese a perdernos entre nosotros, llegamos sobre las 14 horas a Tournon. El calor, que llevábamos 70 km y la batería de la btwin pidiendo el pitido final, nos hicieron quedarnos en un camping, a la orilla del río. Cada día repetíamos el ritual de tirarnos varios pedos y eructos en el entorno de nuestra tienda de campaña. Se trataba de dejar claro a las féminas que éramos dos machos alfa, unidos accidentalmente para solo viajar juntos :).

A partir de la segunda jornada decidimos levantarnos con la salida del sol, a las 6:30. La misma dinámica del día anterior duraba, hasta que todo se torció un poco. Cruzar la ciudad de Valence fue fácil, puesto que te mandan por un bulevar sin tráfico. El problema es que el camino hasta llegar al río estaba cortado por todo el tinglado que había dejado un final de etapa del Tour, y nos perdimos. Cuando de nuevo llevábamos una buena marcha, por el buen camino, y habíamos almorzado, Key pinchó en la rueda trasera, lo que es un festival en su eléctrica. Por suerte estábamos preparados y lo solucionamos de forma ágil. Aun así nos dimos cuenta que para cumplir la cuota de kilómetros tendríamos que pedalear por la tarde. Con ese panorama paramos a comer en La Voulte sur Rhone y descansar un rato a la sombra. En ese momento descubrí un truco de oro para llevar agua fresca en Francia. En los bares junto al tirador de la cerveza hay uno de agua fría, y te llenan el bidón gratis si lo pides. La jornada la acabamos en el camping les Ilons en Cruas junto a la central nuclear. Nos parapetamos en la piscina y no salimos a hacer turismo.

El tercer día tuvimos el aire ligeramente en contra lo que nos refrescaba por momentos. En una isla encontramos para cruzar el puente Himalayo de Rochemaure . Un puente solo para peatones y ciclistas que se movía más que una coctelera. Cruzando por campos de girasoles fuimos engañando al sol que pegaba duro a partir de las 12. Por la tarde pedaleamos un rato pero tomamos un desvío temporal de la vía Rhona, y acabamos en Mornás donde acorralados por el calor buscamos un hotelito low cost.

La cuarta jornada comenzó de forma rumbosa. Incluso pillamos un trozo de Vía Rhona, con el asfalto que hasta olía de lo reciente que era. Lo malo es que un poco más adelante comenzamos a seguir unas indicaciones que ponía “desvío provisional”. Todo iba bien hasta que nos perdimos y acabamos en una ratonera con forma de carretera de 4 carriles para llegar a Avignon. Por esa dichosa manía de no recular para encontrar el camino correcto, llegamos a un punto donde se mascaba el desastre. Por suerte apareció un ángel de la guarda en forma de un señor con una excavadora, que en un perfecto castellano nos dijo por donde llegar a Avignon. Esta ciudad era uno de los puntos estrella del recorrido y estuvimos callejeando por los alrededores del palacio papal. De nuevo nos despistamos al salir de Avignon y nos metimos en una carretera local que no molaba. Cansados, con mucho calor y sin agua llegamos a comer a Aramon. Ya por la tarde llegamos a la ciudad de Tarascon donde paseamos.

El quinto día el camino estaba difuso puesto que la Via Rhona se separa cerca de Becaurie en dos ramales: uno que llega a Séte y otro hasta Port Sant Luis. Por primera vez nos enfadamos un poco. Teníamos muchas señales que seguir: un track, las paletas y lo que decía la guía. Por eso pasó lo que tenía que pasar: que acabamos por un tramo de GR que era una puta selva impracticable. Ya reconciliados llegamos a Gallician, un pueblo donde flipé porque estaban en fiestas y hacían toros por la calle. Donde vivo en Castellón es muy popular el tema, pero no lo imaginaba a 700 km al norte. Acojonados por unos guiris “que el Togo va a venir….” nos metimos por el recinto porque estaba en el recorrido de la vía Rhona. Fuera del alcance de los cornudos, ya cogimos un canal donde el paisaje cambió radicalmente. Nos metimos de lleno en los humedales de la Camarga, donde la mano del hombre dejaba paso a caballos salvajes pastando. Nuestra parada para comer fue la población amurallada de Aigues Mortes, un lugar donde Key se pirraba por volver. Y no me extrañaba porque era un lugar muy chulo. Como el día estaba medio nublado, por la tarde pedaleamos un rato hasta la Grande Motte (un mini Salou).

El último día ya habían ganas de volver a casa, porque las vacaciones se acababan y el culo de Key se había puesto en modo protesta. Llegar a Beziers era casi una quimera, por eso pusimos en el punto de mira Séte, donde tomar un tren era muy fácil. Al principio aprovechando las primeras horas llegamos hasta Carnon por carril bici y calles. Ya un poco confundidos tomamos el camino de servicio del canal Sete-Rhone. Iba casi recto hasta nuestro destino, pero sin escapatoria, sombra y sin asfaltar. El calor sofocante convirtió en un trámite llegar a nuestro destino. A diferencia de la otra vez que estuve en Sete, pudimos dar una vuelta y conocer esta pequeña ciudad que tanto me recuerda a Marsella.

Para este viaje le robé la Riverside 900 a mi hijo y me funcionó de cine. Al final salieron 408 km de recorrido. Me quedo con los tramos segregados para las bicis y con un asfalto estupendo. Cada pocos kilómetros tienes un pueblo, con su castillo y su encanto medieval. A lo mejor encontrar el bar no es fácil, pero como diría Key “es Francia, amigo”. El contraste cuando llegas al Mediterráneo con sus lagunas y humedales también es un contrapunto.  Por eso prometo repetir con la Vía Rhona. Uno de los viajes más chulos que he hecho en Francia.

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